Cuenta una antigua tradición que existen lugares alrededor del mundo que nos están llamando… Dicen que a Jerusalén se va para rezar, a Nueva York para hacer negocios, pero a la India se viene para aprender a meditar. Posiblemente no haya otro lugar en la Tierra que guarde tan viva la práctica de la meditación como los ashram del país de los saris y de los turbantes, de los ídolos con cabeza de elefante y de los innumerables dioses de piel azul que nos miran sentados desde una flor de loto, con una pierna adelantada, dispuestos a levantarse rápidamente para venir en nuestro auxilio cuando los necesitemos.
La India tiene un lugar para cada peregrino, ya sea cristiano, hindú, musulmán o budista, el cual deberá dedicarse con ahínco a buscar su iglesia, templo, mezquita o pagoda sin comprender que lo que realmente está buscando siempre lo ha llevado consigo. Si algo ha legado la India a la historia de la humanidad, ha sido la práctica de buscarse a uno mismo, de volver la mirada exterior para hacerla interior y el arte de espiritualizar la mente. Si liberásemos el espacio que ocupamos en nuestra cabeza llenándolo de prejuicios, miedos, frustraciones y oscuridad, la luz del universo se colaría en nuestro interior.

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